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martes, 11 de junio de 2019

La educación en 2030


Mi diario X-EPUD 5000 

27 de octubre de 2030

Llevo unos días pensando en todo lo que ha cambiado el mundo desde hace apenas 20 años: la tecnología ha avanzado tanto que se ha convertido en el primer poder del país y del restos de las naciones. Tanto es así que las escuelas, los institutos y las universidades han quedado atrás, en un simple recuerdo, pues los estudiantes tienen la "comodidad" de estudiar desde casa con la ayuda de un soporte digital como es el ordenador o, incluso, el propio móvil. Eso sí, ni los ordenadores son como hace años ni los móviles tampoco.

Nos quisimos adaptar tanto a una sociedad tecnológica que al final fue esta, la propia tecnología, la que se ha apoderado de todos nosotros. Ya no somos más que simples entes que funcionan gracias a los servicios de las máquinas, puesto que ahora son ellas las que desempeñan la mayoría de los trabajos. En efecto, la película Yo Robot se ha convertido, en parte, en realidad: las máquinas se han revolucionado y son ellas las que mandan y dirigen. Fíjate si es así que hasta el propio Ministro de Educación y Robótica es un robot llamado Pánfilo —nombre muy acorde a su personalidad—, y es él quien controla el proceso de enseñanza-aprendizaje de todos los discentes con la ayuda de los robots especializados para ello. Así, lejos queda ya la ilusión del primer día en clase, el reencuentro con tus compañeros o los nervios del primer día por saber quiénes serán tus profesores. Todo ha quedado en el olvido, sustituidos por meras máquinas que controlan toda nuestra vida. La tecnología como modo de vida. 



sábado, 1 de junio de 2019

La Educación en 2030


¿Cómo será la educación en 2030? Es cierto que no es una fecha muy lejana y, por eso, es probable que la situación no sea muy distinta a la de ahora. Bárbara, la protagonista de este relato, se mueve en una constante angustia existencial por el presente que le ha tocado vivir. De ese presente se cuenta poco, de Bárbara mucho. 


Ánade salvaje

Bárbara se retira el pelo de la cara y suelta en un resoplo toda la desidia que la habita. Se levanta de la mesa en la que hasta hace unos escasos minutos estaba explicando las oraciones subordinadas y apaga la cámara. El aroma del café recién hecho invade la casa, se acerca a la cocina y se sirve una taza. En este mismo instante, está recordando lo que una profesora de la universidad repetía constantemente cuando quería facilitar su accesibilidad para cualquier consulta: «Chiquitos, estoy en skype». A Bárbara esas palabras –ahora comprende el motivo–le causaban desconcierto y algo de horror. Sí desconocía por completo que unos años más tarde ella acabaría siendo una docente virtual. Darse cuenta de que se ha resignado y, en cierto modo, ha permitido esta situación, le angustia: no sabe cómo ha llegado hasta aquí. Se pregunta cómo está participando de un sistema que ha condenado la libertad individual por la rentabilidad económica del país. Bárbara está cansada de actuar indeliberadamente y le produce asco vivir en esta automatización continua. Añora la educación que ella recibió en la escuela y el contacto con otras personas, pero, sobre todo, se lamenta de haber perdido la ilusión por la que decidió dedicarse a la docencia: hacer del proceso de enseñanza y aprendizaje algo experiencial y constructor de individuos libres y con capacidad de pensar por sí mismos. 

Bárbara pone en marcha la cafetera. Enciende la cámara y se sienta en la mesa para explicar las oraciones subordinadas. El aroma del café recién hecho invade la casa, se acerca a la cocina y se sirve una taza. Hoy la protagonista de este relato acaba de tomar una decisión mientras sorbe el último trago del café.

domingo, 19 de mayo de 2019

Práctica 10. La Educación en 2030


19/07/2030


Me dirijo a mi hogar cuando noto que algo impacta en mi tabla y veo cómo estoy cayendo al vacío hasta que caigo en unos brazos fuertes y no me da tiempo a replicar cuando esa persona que me estaba cogiendo me mete en una cueva, esa persona acompañada de otra me atan. 
Frunzo el ceño al ver que en esa mugrosa cueva sólo había libros, libros envueltos en bolsas de plástico, intuyo que para que no se estropeen por la humedad. 

De repente, recuerdo la frase que se encuentra en todos los carteles de la ciudad: los libros están prohibidos. Intento con todas mis fuerzas librarme de las ataduras, en vano.
De repente viene un doctor, me pone una mascarilla, empiezo ver borroso y al final… oscuridad y silencio.

Me despierto y vuelvo a ver libros, muchos libros, intento mover mis manos, pero sigo atada, me agobio, pero de pronto me acuerdo de dónde estoy, me doy cuenta de que el hombre con el que impacté se acerca, se sienta a mi lado pensativo y, después de unos segundos eternos para mí, decide hablar:

       - Sí, ya lo sé, están prohibidos….  Es el gobierno, ¿sabes? Mira, sé que al principio es difícil de entender, pero te voy a explicar qué pasa. Hace 30 años el mundo era tan diferente… no existían las tablas voladoras, ni las pulseras electrónicas que evitan que te caigas, pero, a su vez, controlan dónde estás y qué oyes, tampoco asistentes virtuales ni pantallas inteligentes… Las personas estudiaban de memoria, tenían libros como estos, pensaban, existían asignaturas como filosofía, matemáticas, inglés… Y antes razonaban, ¿sabes? No eran autómatas como ahora, pero eso mismo era un problema para los gobiernos de los países, y era que tenían criterio propio, y eso no gustaba.
Aplicaron la frase del Padrino II: “Mantén a tus amigos cerca, pero a tus enemigos más cerca aún”.
 Así que fueron desarrollando la tecnología rapidísimo, cada vez los aparatos digitales eran más llamativos, más innovadores, más cómodos, pero eso ocasionaba que las personas se supeditaran a ellos, ¿para qué estudiar si con la tecnología puedo saber cualquier dato al instante? ¿para qué caminar si con mi tabla voladora puedo ir muchísimo más rápido? ¿para qué pensar si ya me dicen lo que tengo que hacer? Y ahí reside la respuesta, ahora sois totalmente influenciables, no tenéis espíritu crítico, no razonáis… 
Además, para asegurarse el gobierno que esto sigue así, han eliminado de la red toda la información que creen que puede dañar su reputación y así adulterar la historia, además, os insertan un chip en el cerebro para que seáis todavía más vulnerables. ¿Pero sabes qué pasa? Que no todo es perfecto, puede fallar, y el fallo es que el chip funciona, pero se puede extirpar con una pequeña intervención quirúrgica, y ahora puedes creerme haciendo un esfuerzo, pero, cuando tienes el chip puesto, esto no es posible, anula totalmente la capacidad de reflexión y tiene instaurado el pensamiento “único” promovido por el gobierno. Estamos en una dictadura, ¿sabes? No se puede pensar diferente, pero yo aún tengo fe en que esto pueda cambiar, y por eso intento crear una resistencia al gobierno y por eso te hablo. ¿Me puedes ayudar a que la gente pueda pensar por sí misma y que puedan volver a leer libros y no solamente propaganda política y anuncios sobre tecnología para distraer aún más a la sociedad? La lectura fortalece el espíritu crítico y ayuda a razonar, los libros no deberían estar prohibidos, ¿qué daño pueden hacer? ¿No pensarás tú también como Don Quijote, ¿no? – se ríe, pero para de hacerlo al ver que no sabía de qué hablaba – perdona, ¿quieres entender mi broma?

Acto seguido se levanta y trae un libro viejo: Don Quijote de la Mancha. Le miro sin decir nada y vuelvo a mirar la tapa. De repente recuerdo una operación, un médico acercándose e introduciéndome en el cerebro un chip, donde lo único que siento es un gran dolor en la sien, y, a continuación, un sueño terrible. Entonces como por arte de magia recuerdo una frase, que tengo la sensación de que fue bastante célebre, pero decido adaptarla al momento presente: ¡Mundo, tenemos un problema!

miércoles, 15 de mayo de 2019

Práctica 10: La educación en 2030

El último filólogo

Diário de bitácora, 28 de mayo de 2030, en un lugar de la Mancha cuyo nombre no puedo saber porque Google Maps no funciona a causa de la mala cobertura.

Sigo buscándolo. A él, que es la última esperanza que nos queda. Esperanza que se ha tornado en mi castigo, en mi vagar eterno en su busca. Sí, hoy será otro día en el que me queje de haber aceptado tan ardua tarea, pero no me preocupa que quede registrado en este diario. Al fin y al cabo, dudo que alguien lo lea en algún momento. Antes me vencerán la locura y la frustración, y estamparé el dispositivo contra una roca. La más grande que encuentre. Total, de poca utilidad me es por estos lares, sin conexión a internet no puedo comunicarme con el resto de miembros de la Resistencia. Y lo que es peor, no puedo entrar a Instagram. Tampoco me preocupa mucho a estas alturas, no iba a subir fotos de mi demacrado aspecto. No obstante, me gustaría tener noticias de los míos y de mi entorno. Me gustaría saber cómo les va y cómo se desarrolla la situación del golpe de Estado de mi querida tierra valenciana. Me gustaría tener la certeza de que están bien, de que la reciente Guardia de la Literatura no ha capturado a mis compañeros y compañeras, que no ha torturado a mis familiares para averiguar mi paradero o el de la Resistencia. Instagram, por desgracia, es el único medio seguro que tengo para comprobar que están bien, porque, a pesar de que el nuevo régimen lo controla, puedo estar segura de que mi gente sigue viva. En fin, tendré que conformarme con el aire limpio y puro de estas tierras mientras sea capaz de respirarlo. Algo me dice que las fuerzas de la dictadura del Bestseller me hallarán pronto y pasarán a cuchillo mi hastiado cuello, probablemente antes de que encuentre a Alejandro. Ay, Alejandro. ¿Quién iba a decirme a mí, hace casi diez años, que tú, el compañero de estudios más excéntrico y perspicaz, serías la última esperanza de los docentes de la Resistencia para traer de vuelta a las aulas valencianas la única y buena literatura y para librarnos de las obras mediocres de LIJ con las que el nuevo regimen nos obliga a trabajar? El resto de verdaderos filólogos y filólogas ha sido eleminado: los han asesinado a todos. No sé cómo pudiste librarte tú de tan aciago destino y escapar a tiempo. A mí, por fortuna, no me hallaron en casa cuando fueron a capturarme, pues la Resistencia me puso a salvo antes de que me alcanzaran. Soy una filóloga clásica con suerte, supongo. Sin embargo, como filóloga clásica justamente, no puedo traer de vuelta la buena literatura española, los clásicos grecolatinos son una bendición, y soy consciente, pero también una limitación. Por eso mismo, has de ser tú, el último filólogo, el que nos libre del nuevo régimen literario. ¿Ves? Ya estoy desvariando, estoy hablándote como si ya te hubiera encontrado, como si te estuviera revelando tu heroico destino y fuera a desvanecerme después. Pero no, en realidad sigues en paradero desconocido y yo sigo buscándote, cansada, con el pelo enmarañado y sin cobertura. Creo que, por hoy, dejo el diario a un lado. Hablar sola, o, en este caso, escribir, ayuda, eso dicen. Pero en mi caso me desquicia y me da hambre. Ojalá que el calor manchego no me tueste a mí antes de que encuentre algo con lo que llenar el buche, no las tengo todas conmigo. Seguiré buscándote después.